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Donde se mira, pero no se toca
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Alicia de Arteaga
Martes 26 de enero de 2010 | Publicado en edición impresa
Una mala pasada le jugó la falta de equilibrio a la guía del Met neoyorquino que se precipitó sobre una pintura de Picasso de la época rosa, la más cotizada del artista malagueño. La pirueta terminó en un corte de 15 centímetros, en una tela que bien puede costar arriba de los cien millones de dólares, si se toma como referencia Muchacho con Pipa, récord del artista, obra sublime, que años atrás sacó al mercado de arte del letargo, convirtiéndose en el cuadro más caro del mundo, escoltado por el Retrato del doctor Gachet , de Van Gogh, y el Moulin de la Galette , de Renoir.
El tonto accidente, que podría haber sido irreparable, pone sobre el tapete un tema de fondo como es el alto nivel de riesgo de las obras de arte, cuando los museos han dejado de ser los espacios recoletos de otros tiempos, para recibir audiencias masivas atraídas por las grandes muestras, hoy anzuelos irresistibles del tiempo libre.
Esto explica, al menos en parte, el altísimo costo de los seguros y la negativa de muchas instituciones a prestar obras, por las peripecias de los traslados y avatares varios, como puede ser la pasión de un visitante ensañado con la sonrisa enigmática de la Mona Lisa hasta el punto de querer borrarla para siempre, en el Museo del Louvre.
Otro tanto puede decirse del ensañamiento del que fue víctima años atrás la serena imagen de la Virgen de las Rocas, también de Leonardo, que se exhibe en la National Gallery de Londres. Poco después del episodio, las autoridades del museo decidieron cubrir la pequeña obra con un blindex antibala protector de santuario londinense. El boom de las megaexposiciones, cuando se trata de artistas inmensamente populares como Leonardo Picasso o Warhol, son el maná para los museos que apenas pueden con sus gastos fijos, pero no todo es color de rosa (y no por la obra de marras que se llama El actor). Es probable que el mayor dolor de cabeza no lo tenga hoy el Met sino la compañía aseguradora.
El museo de la Quinta Avenida tiene desde los tiempos de Philippe de Montebello, su director por veinte años, resguardada su colección con un seguro millonario? sólo que los mecanismos de seguridad no contemplan el traspié de una guía especializada. Tal vez habría que considerar el férreo régimen de visitas que autorizan en Milán para la contemplación de La última cena, de Leonardo. Rigurosamente vigilada, acceso restringido, venta anticipada de entradas, grupos pequeños, silencio absoluto.
En ese caso, un tropezón no tiene precio |
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